Tiempos oscuros, espesos, yermos para cultivar el pensamiento. Tiempos de ideas licuadas, que se escurren entre los dedos, sin dejar huella. Tiempos de consignas pétreas, que se imponen como dogmas religiosos, con una ingente corte de acólitos que señalan, persiguen y estigmatizan a los herejes. Tiempos de dictar sentencias, sin haber devorado bibliotecas. Tiempos de acumular respuestas, sin haber hecho ninguna pregunta. Es el reino de los impostores, los mesías, los adoctrinadores, los propagandistas, toda aquella gentuza que odia el pensamiento libre, feliz entre el rebaño, pero alérgica al individuo.
Y justamente de eso se trata: de hacer una defensa radical del individuo, en un tiempo en el que el ciudadano se desdibuja en un magma compacto, amorfo y sin otra personalidad que el pensamiento colmena. Es la tiranía del



















