Escena recreada de los disturbios ocurridos en Buenos Aires durante la Semana Trágica de enero de 1919, cuando la violencia social y política derivó en ataques antisemitas que la historiografía reconoce como el primer pogromo de América. Imagen generada con Inteligencia Artificial - Aurora 2026
Cómo la confusión identitaria y el temor a la Revolución Rusa alimentaron uno de los episodios más oscuros de la historia argentina.
En enero de 1919, la ciudad de Buenos Aires fue escenario de uno de los episodios de violencia social y política más graves del siglo XX en la Argentina. En el marco de la llamada “Semana Trágica”, una serie de huelgas obreras y protestas derivaron en una represión estatal que, en paralelo, dio lugar a ataques organizados contra la comunidad judía.
Estos hechos, atravesados por el miedo al extranjero y por la confusión identitaria propia de la época, son recordados por numerosos historiadores como el primer pogromo ocurrido en el continente americano.
En enero de 1919, la ciudad de Buenos Aires fue escenario de uno de los episodios de violencia social más graves del siglo XX en la Argentina. En el marco de la llamada “Semana Trágica”, una serie de huelgas obreras y protestas derivaron en una represión estatal que, en paralelo, dio lugar a ataques organizados contra la comunidad judía. Estos hechos son recordados por numerosos historiadores como el primer pogromo ocurrido en el continente americano.
El conflicto se inició con una huelga en los Talleres Metalúrgicos Vasena, donde los trabajadores reclamaban mejores condiciones laborales. La respuesta represiva, que incluyó la intervención de fuerzas policiales y militares, provocó un clima de extrema tensión.
En ese contexto, grupos civiles armados, con el apoyo o la tolerancia de sectores del poder, comenzaron a atacar barrios donde vivían mayoritariamente inmigrantes judíos, especialmente en la zona de Once.
Durante varios días se produjeron agresiones a personas, incendios de comercios, destrucción de bibliotecas y centros culturales, y detenciones arbitrarias. La violencia no estuvo dirigida únicamente a militantes obreros, sino que tomó un claro carácter antisemita, alimentado por prejuicios, discursos xenófobos y el temor a las ideas revolucionarias que circulaban tras la Revolución Rusa.
Las consecuencias humanas de la Semana Trágica fueron profundas. Se estima que hubo más de setecientas personas asesinadas en el conjunto de los enfrentamientos y represiones, además de miles de heridos y detenidos (Wikipedia). Para la comunidad judía, el pogromo dejó una marca duradera: miedo, desplazamientos internos y una conciencia temprana de la vulnerabilidad frente al odio organizado.
“Detienen a un judío y, después de los primeros golpes, de su boca brota sangre […] lo matan allí mismo”. — relato de Pinie Wald, periodista detenido durante los ataques. El País
Con el paso del tiempo, estos hechos se convirtieron en un punto de referencia obligado para pensar la relación entre conflicto social, nacionalismo extremo y antisemitismo en la Argentina.
Recordar el pogromo de Buenos Aires no implica solo mirar al pasado, sino también reflexionar sobre la importancia de la convivencia, el respeto a la diversidad y la defensa de los derechos humanos frente a cualquier forma de violencia colectiva.
A más de un siglo de distancia, la memoria de enero de 1919 sigue interpelando a la sociedad argentina. Investigar, enseñar y difundir lo ocurrido es una manera de rendir homenaje a las víctimas y de fortalecer una cultura que rechace el odio y promueva la justicia y la inclusión.
Una aclaración histórica necesaria
Perón y 1919: ¿tuvo alguna relación con la Semana Trágica? Cuando se produjeron los hechos de enero de 1919, Juan Domingo Perón tenía 23 años y era un joven subteniente del Ejército, recientemente egresado del Colegio Militar. En ese momento no ocupaba cargos de mando, no participaba de decisiones políticas ni integraba los dispositivos represivos que actuaron en Buenos Aires durante la Semana Trágica.
No existe documentación histórica que lo vincule de manera directa con los operativos militares, policiales o con los grupos civiles que protagonizaron la represión y los ataques antisemitas. Las responsabilidades recayeron en el gobierno nacional presidido por Hipólito Yrigoyen, en las fuerzas de seguridad bajo su órbita y en organizaciones parapoliciales nacionalistas.
La asociación posterior entre Perón y estos hechos pertenece más al terreno de las lecturas retrospectivas que a la historia concreta: su figura adquirió centralidad recién a partir de 1943. En 1919, Perón era un oficial joven, sin proyección pública ni capacidad de influencia sobre los acontecimientos.
Incorporar esta precisión permite evitar anacronismos y comprender mejor cómo se configuraban las responsabilidades reales en uno de los episodios más traumáticos de la historia social argentina.
08/01/2026 en AURORA

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